Mayte Martín: “El flamenco no se vende, es algo sagrado”

La cantaora vuelve al origen para reivindicar la ética del arte y el linaje de quienes mantuvieron vivo el fuego del cante.

En el estudio no hay aplausos. Solo silencio. Mayte Martín canta como quien enciende una vela en mitad de la prisa. «In Illo Tempore» no es solo un regreso: es una invocación. La llamada a un tiempo en el que el arte no era mercancía sino necesidad interior; no era consumo, sino destino. En una época que premia la inmediatez, recupera una palabra incómoda , ética, y la sitúa en el centro del cante. Porque el flamenco, sostiene, no es ceniza, sino fuego, y el fuego no se vende: se custodia. Bajo esa luz antigua –la elegancia indómita de La Niña de la Puebla y la autoridad irrepetible de Pastora Pavón– su voz vuelve al origen no para repetirlo, sino para habitarlo con verdad .

«In Illo Tempore» suena a invocación. ¿Qué significa hoy en día cantar desde ese tiempo casi sagrado?

Es una forma de resistencia. Vivimos en la prisa, en lo efímero, en lo inmediato, y yo necesitaba volver a lo esencial. El arte no puede separarse de la ética. Cuando eso ocurre deja de llamarse arte. Este disco nace de esa convicción: custodiar algo que no nos pertenece, pero que nos ha sido confiado.

Habla de respeto religioso al flamenco que la parió. ¿Cómo se ama una tradición sin convertirla en museo, una partitura de música clásica?

Preservando el fuego, no adorando la ceniza. Si la congelas, la matas; si la trivializas, también. Hay que sostenerla con libertad, pero desde el cuidado. Yo le debo al flamenco mi manera de estar en el mundo. La música me salvó la vida cuando no sabía defenderme ni expresar lo que me dolía. Me dio una voz. Desde ese agradecimiento nace el respeto.

Ha pasado veinticinco años sin grabar flamenco. ¿Qué ha tenido que ordenarse para que este disco existiera?

Una culminación interior. No podía hacerlo antes. Soy independiente y eso implica asumir todas las decisiones. He producido el disco sola, durante un año y medio. Cada detalle, cada mezcla. Si algo no estaba en su sitio, no lo dejaba pasar. Necesitaba sentir que lo que dejaba grabado era verdad. Ahora sí siento que todo estuvo en su lugar.

«Entreverao» y «Puro», las partes de tu último trabajo, parecen dos geografías distintas.

Son dos maneras de habitar mi memoria. En «Entreverao» conviven otras músicas, hay una intervención creativa más evidente. En «Pur»o hay menos imaginación añadida y más respeto al canon. Pero incluso en el flamenco más tradicional existe un filtro que es el mío. No hay interpretación sin identidad.

Usted insiste en la ética del cante. ¿Dónde están los límites?

En no venderse al mejor postor, el flamenco no se vende. No porque te vendas tú, sino porque vendes algo que es sagrado. El arte ha salvado a muchas personas de la ruina espiritual. A mí me salvó. Los artistas tenemos una responsabilidad moral: custodiar, proteger, respetar. Cuando la ética desaparece, el arte pierde su nombre.

En vísperas del 8 de marzo, ¿qué mujeres atraviesan su genealogía flamenca?

Muchas, y muy poderosas. Pienso en la Niña de la Puebla, una mujer culta, independiente, adelantada a su tiempo. Tenía una dulzura enorme, pero también una fortaleza interior impresionante. Supo hacerse respetar en un mundo difícil sin perder elegancia ni profundidad artística. Y pienso, cómo no, en Pastora Pavón, la Niña de los Peines. Fue pionera, amplió repertorios, dejó una huella que todavía respiramos. En ella había arte y carácter. No eran solo voces admirables: eran mujeres con una conciencia de sí mismas muy fuerte.

¿Han sido también referentes éticos?

Sí. Muchas tuvieron que luchar en estructuras familiares y sociales muy rígidas. La historia del flamenco la escribieron mayoritariamente hombres, pero ellas conquistaron su espacio en el escenario y fuera de él. Y cuando una mujer se sienta en las tablas, ahí no hay discurso que valga: hay que demostrar. Y lo han hecho.

Después de este regreso, ¿qué siente cuando canta?

Libertad. Más anchura. Me siento distinta, más madura. Bien acompañada con José Gálvez. Cierro una etapa y abro otra. Cantar ahora es más desnudo. Ya no necesito demostrar nada. Solo estar.

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